He creído oportuno este momento de conmemoración
del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo para hacer un anuncio
y algunos comentarios.
Llevo 40 años dedicado a la salud de los trabajadores, y entiendo haber
ejercido mi profesión en la forma más coherente que he sabido, en
las buenas y en las malas. Es decir, he abjurado de la falsa neutralidad en los
usos de la ciencia y la técnica y, trabajase donde trabajase, nunca me
equivoqué de cliente. He estado, estoy y estaré al lado de los sufrientes,
al lado de los trabajadores.
Estos 40 años y mi decisión de abandonar a corto plazo las tareas
de gestión en la función pública, es testimonio de que más
que los honores de un cargo me importa ver dónde puedo ser más útil.
Creo que ya he entregado muchos años al estado y, aún con la satisfacción
que me ha brindado siempre trabajar en el Ministerio de Trabajo, tengo deseos
de diversificar mi mirada y estar mucho más cerca de los trabajadores en
la acción.
El hecho de que ésta sea la última Semana Argentina de la Salud
y Seguridad en l trabajo en la que intervengo en calidad de Gerente General de
la SRT, me exige hacer algunos comentarios que tienen que ver con la elección
de los temas que hemos considerado estos días y con algunos otros que aspiro
a delinear. Lo haré como todos están acostumbrados a oírme:
con absoluta franqueza, sin ningún metalenguaje.
Al considerar el programa que se ha desarrollado, se advierte con facilidad que
hemos favorecido a las
organizaciones sindicales, en absoluto
pluralismo, para que presenten sus experiencias. Este es ya un clásico
de la Semana. Lo hemos hecho por dos razones. En primer lugar porque considero
que los cambios en profundidad sólo se dan cuando los trabajadores los
promueven y luchan por ellos. En segundo término porque siempre he denostado
el iluminismo de ciertos círculos y sociedades que se creen propietarios
del saber, no entendiendo que no hay saber sin reconocer aquellos que son propios
de la subjetividad y experiencia de los trabajadores. Por esto también
en esta semana, cuyo valor científico y académico nadie puede negar,
los trabajadores pueden expresar su voz.
Hemos tomado el tema de la
inspección del trabajo simplemente
porque en nuestro país no contamos aún con el Sistema Nacional de
Inspección que los trabajadores merecen. Está claro el esfuerzo
que ha concretado el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, pero también
está claro que en muchas provincias, más de las que desearíamos,
se ha reclamado como propio un Poder de Policía para no ejercerlo como
resulta indispensable. En el país serio que pretendemos ser, contar con
una inspección en materia de salud y seguridad en el trabajo calificada,
con los recursos humanos y materiales, es una necesidad que debe ser cumplimentada
ya. Si no es así, las leyes son cartón pintado.
Hemos asumido como tema central el de la
Atención Primaria de la
Salud porque creímos oportuno e indispensable llamar a la reflexión
sobre los millones de trabajadores con empleo informal o en negro que también
enferman y se accidentan en el trabajo. Estos trabajadores seguramente se asisten
en los centros públicos y jamás son beneficiarios de un programa
específico de salud laboral, ni de los cuidados preventivos y terapéuticos
que necesitan y merecen. Por eso trajimos la opinión y prácticas
de otros países para que se comprenda que es posible hacer algo sin mirar
hacia otro lado. Esta es una labor que tiene por delante el Ministerio de Salud,
seguramente en un nuevo gobierno.
Hemos instado a las
universidades a que nos mostraran qué
están haciendo por la salud de los trabajadores.
La reforma del 18 instauró en la Universidad Argentina la libertad de Cátedra,
la participación democrática de los estudiantes en el gobierno universitario,
el compromiso con la democracia, la igualdad, y las luchas políticas y
sociales, pero dejó indemne el modelo profesionalista. Es decir que la
devolución a la sociedad de lo que el pueblo le prestó es la formación
de profesionales, la formación de cuadros para el ámbito público
y privado.
Cuando uno desea conocer qué preocupación tiene la universidad por
la salud de los trabajadores, se encuentra con que mayoritariamente en este tema
sólo se preocupan por la formación de profesionales especializados,
a menudo con calidad educativa mediocre. La labor de investigación en la
materia de nuestro interés es casi inexistente o testimonial. Los trabajadores
no son recibidos en la universidad para su capacitación. Es decir, aun
no ha sido posible recuperar el espíritu de los 70 donde desde el Instituto
de Medicina del Trabajo de la Facultad de Medicina de la UBA salíamos al
encuentro de los trabajadores, investigábamos sus dolencias y los capacitábamos.
Hay una honrosa excepción en este panorama y es la Facultad de Medicina
de la Universidad de Rosario.
Por nuestra parte, desde la SRT decidimos hacer nuestro aporte al estrato académico
y anualmente ofrecemos subvencionar investigaciones sobre líneas que deseamos
promover. A disgusto hemos tenido que declarar desiertas algunas de estas convocatorias,
bien porque no hubo presentaciones o bien porque los autores de los proyectos
no conocían los rudimentos del método científico. Permítanme
que como docente diga que es hora que la Universidad se ponga de pie y vaya al
encuentro de los trabajadores.
Tenemos otras materias pendientes.
Las relaciones entre el deterioro de la salud y el trabajo tienen una gran complejidad
y no son unívocas y mucho menos instantáneas. Ellas se van construyendo
con un ensamble de estados que no constituyen patología en los términos
clásicos pero que son reveladores de sufrimiento. Es indispensable prestar
atención a estas señales. Sin embargo, en vez de adoptar estas formas
de diagnóstico precoz, asistimos a una falta reiterada de cumplimiento
de las ART en su deber de hacer exámenes periódicos. Esta falta
es tanto en número como en calidad. Su detección de los riesgos
a los que están expuestos los trabajadores es lamentable y no es aceptable
que se diga que esto es una obligación de los empleadores. Si alguien tiene
la obligación de planificar exámenes no puede delegar el conocimiento
“per se” de las exposiciones. Esto es una buena práctica en
prevención porque recoge lo que la técnica y la ética indica,
aunque hayamos tenido que derogar con disgusto una resolución que así
lo establecía.
Esto, y la falta por parte de las ART de un ejercicio serio y dedicado de la prevención,
sobre todo en la pequeña y mediana empresa, es de tal nivel que hace falta
efectuar correcciones de fondo en la futura legislación. Y claro que me
gustaría hablar de cómo entiendo que debería ser esa legislación,
pero lo dejaremos para otro momento.
Se afirma que el propósito de la actividad económica es acrecentar
el bienestar de los individuos. A menudo, bajo este axioma, en muchas etapas del
país se han exaltado los valores de la sociedad de mercado. Sin embargo
hace largo tiempo que se sabe que los mercados no garantizan resultados socialmente
eficientes y deseables. Las políticas macroeconómicas deben mirar
a los objetivos finales que son el empleo, el crecimiento y los niveles de vida.
Dentro de los niveles de vida es prioritario cuidad la vida, cuidar la salud;
sin ella no hay crecimiento que pueda ser bienvenido.
Pasando al aspecto micro, permítanme decir que estos principios son aplicables
a las empresas. Creo que es apropiado decirle a los empleadores que el mismo interés
que naturalmente tienen en contratar un trabajador de buena salud debe ponerse
en conservarla. La variable para lograr un mayor beneficio económico no
puede ser la salud de los asalariados. No a esas políticas que se dirigen
al reemplazo de los enfermos o los más viejos.
Con la excusa de la salud pública algunas empresas, en especial multinacionales,
quieren dirigir la atención de sus servicios preventivos a la lucha contra
las drogas, el tabaco, el alcohol, en oportunidades a través de detecciones
no autorizadas ni conocidas por los trabajadores, lo cual configura una grave
falta a la ética. O dedican los esfuerzos de sus especialistas a la prevención
del SIDA o a atender los males del colesterol.
Por mi parte creo firmemente que sin desmedro de cooperar con campañas
nacionales, el papel de estos servicios es el de vigilancia, el de alerta, el
de concentrarse en la prevención primaria de los riesgos laborales y la
defensa de la salud de los trabajadores. Igualmente tienen su deber en la lucha
contra grandes flagelos como los cánceres profesionales y las causas laborales
de las adicciones, la adaptación del trabajo al hombre y a su estado fisiológico
o de salud. Harían muy bien también en concentrarse en la erradicación
de las causas organizacionales del estrés laboral dado que, conforme con
el último estudio de meta análisis, los trabajadores bajo estrés
laboral tienen un exceso del 50% en cardiopatía ateroesclerótica.
Algo está pasando: Por un lado la atención de los cientistas sociales
se concentra cada vez más en los denominados “aspectos inmateriales
del trabajo”, como la realización personal y social. Por otra parte,
se asiste a climas laborales caracterizados por lo que podríamos llamar
hiperprestación, por la flexibilidad, por los cambios repentinos, con lo
cual muchas veces es imposible calcular cómo se van a enfrentar los riesgos.
Este es un desafío que se les presenta a aquellos interesados por la salud
laboral, ¿cómo trabajar en estos climas? o, mejor aun, ¿cómo
combatir estas tendencias?.
Es paradojal que mientras los trabajadores requieren pertenencia, reconocimiento,
las empresas les exijan más y más flexibilidad, más y más
productividad, más y más subcontratación y recontra subcontratación.
En ese mare mágnum se desarrollan los nuevos riesgos. Y es en medio de
tan malas condiciones donde los trabajadores pierden la salud, donde especialmente
se deteriora su salud mental y donde los profesionales deben volver a repensar
sus ejercicios profesionales.
Estamos hablando de nuevos riesgos, pero cualquiera que analice los aún
pobres datos en materia de enfermedades profesionales clásicas -algunas
con miles de años de conocidas-, advertirá que sobran conocimientos
para prevenirlas, lo que falta es aplicarlos.
Quisiera decir muchas cosas más pero las reservo ya que aguardo seguir
encontrando a cada uno de ustedes en el camino hacia la prevención de verdad,
sin falsificaciones, sin metalenguajes, descarnadamente, como debe ser.
Creo que hay mucho trabajo por delante, aspiro a unos años más sirviendo
a esa vieja bandera que enarbolamos hace mucho tiempo y que dice: “Hoy luchamos
por que los trabajadores no se hieran, no se mutilen, no se enfermen o mueran
en el mismo lugar donde fueron a buscar el sustento pero, la victoria final sólo
será lograda el día en que los trabajadores vuelvan a cantar cuando
trabajan”.
Muchas gracias.